Veinte acontecimientos
para la canción fugada
del círculo roto
Vi los aros de Saturno
cuando niña en un telescopio
casero junto a mis hermanos.
Aprendí que había
cirros, cúmulos y por tanto
que el tiempo no se leía
sólo en los relojes.
Le robé la cartuchera
a Jazmín en tercer grado
y repartí todos
sus lápices de Kitty
a los demás estudiantes,
(el orgullo recién nacido,
la culpa de las voces,
el metal de la justicia).
Besé a Armando
jugando botellita
detrás de los salones.
Lo besé de nuevo.
Emma Violeta me enseñó
el silencio del arte, esculpimos
otro nacimiento sin hemorragias.
Caminé el pueblo acompañada
de Emma Valdomera, como encima
de un sueño con cresta bermeja.
Aquella libreta en donde
anoté la gestación de las especies
y que hice cápsula del tiempo.
Olvidé dónde la enterré.
Cumplí diez años y Luis Ángel
murió al día siguiente.
Un año después, aquella carta
en que reclamé que se había
muerto el día antes
y me lo escondieron:
este camino que se detonó entonces.
El óxido. Sus desvaríos
en los márgenes. Los espirales
en la letra. La inversión de los rostros.
Aticé propósitos. Le hice a la noche
su historieta. La ofrendé sin altares.
Estuve en la cima de un volcán
y terminé otra vuelta alrededor del Sol.
Supe de la luna
lo que de la lava.
Dejé a mi cuerpo
desnudo ser un ovillo,
ser devaneo, ser el verbo
ovillar, mezclar textiles,
le hicimos lanas a la carne.
En algún momento supe
que bailar salsa era
como meditar, y que el café
sin azúcar también es dulce.
Escuché a Iré decirme
“en el medio de la rosa
siempre hay una batalla”:
el viento se detuvo
en su nariz de niño.
Supe que en la Isla
hay pueblos con nombres
derivados de minerales
en donde el verde lleva aroma.
Llegó el vértigo
en los aviones, su consuelo.
Le dije a la mudez,
pocas veces, “la canción
se ha fugado” y entonces
ahora, ahora mismo,
despistará la ruta.